Mis confesiones

Mis confesiones

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XX

AL poco rato reanudó el anciano su discurso; su voz era más entonada, más grave, y hablaba con un acento acompasado y cantarino, como si leyese los Evangelios, con la cara levantada al cielo y los ojos entornados. Aunque se había prosternado, me pareció más crecido, y le escuché con una sonrisa de incredulidad, al principio; mas luego me acordé de la historia rusa que Antoni me prestara, y fue como si el libro se abriese nuevamente ante mis ojos. El anciano comenzó a contarme la época legendaria; yo iba compulsando, con la imaginación, sus palabras con las del libro: eran las mismas; sólo variaba el significado.

Cuando llegó al capítulo de la decadencia de la Rusia de Kief, me preguntó:

—¿Me oyes?

—Sí.

—¡Pues bien, has de saber que esos héroes no existieron nunca! Es el pueblo quien ha encarnado sus proezas en personajes fabulosos, para conmemorar la gran obra de la edificación de la tierra rusa.

Y siguió hablando de Susdal.


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