Mis confesiones

Mis confesiones

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Parecía como si el anciano lo hubiese contemplado todo con sus propios ojos. Los pesados hachones tajaban los troncos al impulso de fornidos brazos. Hombres que desecaban pantanos, fundaban pueblos y conventos y se alejaban constantemente, siguiendo los ríos congelados; llegaban hasta el fondo de los bosques más tupidos y triunfaban de la Naturaleza salvaje, y la tierra se iba hermoseando a su paso. Luego, los príncipes, los amos del pueblo, dividían, desmenuzaban la tierra en ínfimas parcelas, guerreaban sin descanso y mandaban a la muerte a los siervos, después de haberlos despojado de todo. Los tártaros llegaron procedentes de la estepa; pero ningún príncipe combatió por la libertad del pueblo, ninguno de ellos fue probo, ni fuerte, ni inteligente. Todos hicieron traición al pueblo en beneficio de las hordas; lo vendieron al Khan como si fuese un rebaño; y la sangre de los campesinos les sirvió para adquirir el poder sobre esos mismos campesinos. Más tarde, cuando hubieron aprendido de los tártaros el arte de reinar, cada uno de ellos mandó al vecino a que se hiciera degollar por el Khan.

La voz del viejo se quebraba de fatiga; el Sol había aparecido ya por completo e Iegundile seguía aún rememorando el pasado y mostrándome la Verdad con sus palabras fogosas.


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