Mis confesiones
Mis confesiones —¿Ves lo que ha hecho el pueblo? ¿Ves cómo lo han oprimido hasta que tú has venido a injuriarle de un modo estúpido? Acabo de relatarte lo que el pueblo ha hecho por la voluntad ajena; cuando haya descansado hablaremos de su vida anímica y te explicaré cómo ha buscado a Dios.
Se acurrucó y quedóse dormido como un niño.
Yo ya no tenía sueño; me parecía hallarme rodeado de ascuas. Además, el Sol estaba alto; los pájaros gorjeaban, el bosque se bañaba en el rocío y susurraba, verde y amoroso, dando la bienvenida al día.
Mi iniciador dormía y roncaba; sentado junto a él, me sumí en la meditación. Empezaron a pasar algunas personas; todos nos miraban con desdén y ninguno contestó a mis saludos.
«¿Y son ésos los descendientes de aquellos varones virtuosos que han constituido el país, y de quienes acaban de hablarme?»
El sueño y la realidad se confundían en mi cerebro fatigado. Comprendí que aquel encuentro señalaba un punto trascendental en mi vida. Estaba turbado por las palabras de Iegundile acerca de Dios, concebido como hijo del espíritu popular, y no podía asimilarlas, desconociendo todo espíritu que no fuese el que alentaba en mí.