Mis confesiones

Mis confesiones

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Evocaba a todos los campesinos, a todos los hombres que había conocido; los escrutaba a ellos y sus discursos, y dábame cuenta de que éstos, si ricos en imágenes, eran pobres de ideas. Luego imaginaba el tétrico presidio de la vida, el trabajo forzado por la bazofia cotidiana, los inviernos de hambre, la angustia de los días sin pan, toda la humillación del hombre, todos los ultrajes inferidos a su alma.

—¿Dónde está Dios en esta vida? ¿Qué lugar ocupa en ella?

El anciano seguía gritando. Me entraban ganas de zarandearlo y gritarle: «¡Calla!»

Pero no tardó en despertarse por sí mismo, y sonrió, haciéndome guiños.

—¡Eh! ¡Eh! —exclamó—. El Sol se acerca al cénit, y yo, como él, tengo que largarme.

—Pero ¿dónde vas a ir con este calor? Aquí tenemos pan, té, azúcar; y, además, no dejaré que te marches. Tienes que darme lo que me has ofrecido.

Rió alegremente.

—¡Ah, pícaro! ¡No tengo el propósito de separarme de ti, por ahora!

Y luego añadió, con expresión meditabunda:

—Mátvei, no debes seguir vagabundeando; es demasiado pronto y demasiado tarde para ti. Es menester que aprendas; es el momento más indicado.

—¿No es ya demasiado tarde?


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