Mis confesiones
Mis confesiones —¡Mírame! —repuso—. Tengo cincuenta y tres años y todavía estoy aprendiendo con mis camaradas.
—¿Qué camaradas? —inquirí.
—¡Ah! ¡Te convendría vivir con ellos un año o dos! ¡No tienes más que presentarte a una fábrica que está no muy lejos de aquí, a unos cien kilómetros! ¡Allí tengo buenos amigos! ¡Cuéntame, ante todo, lo que tenías que decirme, y luego ya veremos dónde voy!
Tomamos juntos por un sendero y volví a escuchar su voz sonora y sus palabras extravagantes.
—¡Jesús, el primer Dios verdaderamente popular, ha surgido del espíritu del pueblo, de igual modo que el fénix nace de las cenizas!
Comenzó a exaltarse, y agitando su pequeña mano ante su rostro como para coger en el aire nuevos vocablos, salmodiaba: