Mis confesiones

Mis confesiones

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XXII

APENAS desperté comenzó el ruido, la algarabía, los silbidos, como si todos los diablos se hubiesen dado allí cita. Abrí la puerta; el patio estaba lleno de chiquillos; Mikhailo, con su blusa blanca, parecía una barca de vela, rodeada de barquichuelos. Estaba inmóvil y reía; con la cabeza echada atrás, la boca abierta y los párpados entornados, en nada recordaba al hombre sesudo de la víspera. Los niños vestidos con blusas azules, encarnadas, de color de rosa, que eran en el grupo como manchones brillantes, brincaban y gritaban. La escena era atrayente y me fui acercando; uno de los niños, que advirtió mi presencia, dijo a los otros:

—¡Mirad, un fra-a-a-i-le!

Y como si hubiese prendido fuego a unas virutas secas, toda la chiquillería empezó a mirarme y a dar vueltas y gritos en torno mío.

—¡Qué cabellos más rojos!

—¡Y largos!

—¡Que te va a soltar un papirotazo!

—Bueno, no le molestes. ¡Parece fuerte!

—¡No es un fraile, es un campanario!

—Maestro, ¿quién es ése?

Mikhailo daba muestras de hallarse en un aprieto y ello desataba aún más las risas de aquellos diablillos. Yo no me explicaba aquel regocijo, pero su alegría era comunicativa, y me puse a gritar, riendo yo también.


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