Mis confesiones
Mis confesiones APENAS desperté comenzó el ruido, la algarabÃa, los silbidos, como si todos los diablos se hubiesen dado allà cita. Abrà la puerta; el patio estaba lleno de chiquillos; Mikhailo, con su blusa blanca, parecÃa una barca de vela, rodeada de barquichuelos. Estaba inmóvil y reÃa; con la cabeza echada atrás, la boca abierta y los párpados entornados, en nada recordaba al hombre sesudo de la vÃspera. Los niños vestidos con blusas azules, encarnadas, de color de rosa, que eran en el grupo como manchones brillantes, brincaban y gritaban. La escena era atrayente y me fui acercando; uno de los niños, que advirtió mi presencia, dijo a los otros:
—¡Mirad, un fra-a-a-i-le!
Y como si hubiese prendido fuego a unas virutas secas, toda la chiquillerÃa empezó a mirarme y a dar vueltas y gritos en torno mÃo.
—¡Qué cabellos más rojos!
—¡Y largos!
—¡Que te va a soltar un papirotazo!
—Bueno, no le molestes. ¡Parece fuerte!
—¡No es un fraile, es un campanario!
—Maestro, ¿quién es ése?
Mikhailo daba muestras de hallarse en un aprieto y ello desataba aún más las risas de aquellos diablillos. Yo no me explicaba aquel regocijo, pero su alegrÃa era comunicativa, y me puse a gritar, riendo yo también.
