Mis confesiones

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III

ALGÚN tiempo después, comencé a interesarme por lo que me rodeaba. Titof era hombre taciturno, de alta estatura; llevaba la cabeza y las mejillas afeitadas como un soldado y bigotes muy largos. Hablaba sin apresuramientos, como si temiera decir palabras inútiles o dudara de sus propias afirmaciones, y llevaba siempre las manos en los bolsillos o cruzadas detrás de la espalda, como si se avergonzara de ellas. Me constaba que los vecinos de la aldea le tenían antipatía. Hacía unos dos años que en el pueblo de Mabiria lo habían maltrecho a patadas. Se decía que iba constantemente armado de un revólver. Su mujer, Nastasia Vassilierna, era hermosa, alta y delgada; en su rostro de palidez de cera fulgían sus grandes ojos febriles. Estaba a menudo enferma. Su hija Olga, de tres años, era asimismo pálida y flacucha.

Todo era silencio en aquel ambiente: el piso estaba cubierto de gruesas alfombras; no se percibía el más tenue rumor; hasta el péndulo del reloj de pared amortiguaba su tic-tac. Las lámparas colocadas al pie de las imágenes no se apagaban nunca; por doquiera colgaban cuadros que representaban el juicio final, el martirio de los apóstoles y Santa Bárbara. En un ángulo, sobre la chimenea, un enorme gato de color ahumado contemplaba con sus pupilas verdes cuanto le rodeaba, y acechaba en silencio. En esa atmósfera de sopor, no lograba olvidar los cantos de Larión y de sus pájaros.


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