Mis confesiones

Mis confesiones

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VI

NUESTRA vida era semejante a un dulce ensueño. Yo descuidaba un tanto los negocios; no veía nada, no quería ver nada. Me afanaba para volver a nuestra casa, a casa de mi mujer. Dábamos largos paseos por los campos y el bosque.

Sentía revivir mis aficiones de la niñez: cazaba pájaros. Nuestra casa era clara y alegre; de las paredes colgaban jaulas con pájaros que gorjeaban sin cesar. Mi Olga empezó a tenerles cariño; a mi vuelta, me contaba lo que había hecho el herrerillo o me anunciaba que la picuda había lanzado algunos trinos.

Por las noches leía el Prólogo o Minea; con mayor frecuencia todavía narraba mi infancia, hablaba de Larión y de Savelko, de las canciones que ensalzaban a Dios, de mis lecturas, del viejo Vlassi, ya difunto; hablaba de todo lo que sabía; y resultaba que sabía muchas cosas de las gentes, de las aves y de los peces.

Es imposible describir con palabras toda la magnitud de mi ventura. Bien es verdad que el hombre no sabe hablar de sus alegrías; le falta la costumbre, ya que aquéllas son raras y efímeras.


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