Mis confesiones

Mis confesiones

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iFrecuentábamos la iglesia; me situaba en algún rincón, junto a mi esposa, y ambos orábamos con unción; yo elevaba a Dios preces de gratitud y alabanza, pero al mismo tiempo me sentía orgulloso; se me figuraba haber abatido el poder divino, obligándole contra Su voluntad a concederme la dicha que gozaba. Había retrocedido y le dedicaba loas: «¡Has hecho bien, Señor! ¡Has obrado con la justicia necesaria!»

¡Ah! ¡Qué lamentable paganismo!

El invierno transcurrió sin que me diera cuenta, como una jornada luminosa. Olga me comunicó que se encontraba encinta. Aquello significaba para nosotros una alegría más. Mi suegro refunfuñaba; su mujer miraba a Olga con aire compasivo y le murmuraba al oído no sé qué cosas. Resolví organizar una pequeña industria, construir una colmena que bautizaría con el nombre de Larión, para que me diera suerte; luego ampliaría el huerto y me consagraría a la apicultura. Esos negocios no perjudicarían a nadie.

Un día, Titof me dijo con semblante torvo:

—Muy pronto te has vuelto azucarado, Matvei; mira que puedes agriarte con igual facilidad. Este verano vas a ser padre; ¿lo olvidaste, acaso?

Hacía tiempo que deseaba confesarle sentimientos que me animaban por entonces; así, le dije:


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