Mis confesiones
Mis confesiones —He cometido tantos pecados como puede cometer un hombre: me encuentro al mismo nivel vuestro, que es lo que perseguÃais; pero no quiero quedar debajo.
—¡No acierto a comprender lo que quieres demostrarme con eso! —contestóme—. Te digo sencillamente que setenta y dos rublos anuales no bastan para sostener una casa y no estoy dispuesto a permitir que gastes la dote de mi hija. ¡Reflexiona! Te consta que soy más inteligente que tú. Por lo que toca a tu ecuanimidad, eso no es más que el odio que me tienes. Esa virtud no nos servirá de nada ni a ti ni a mÃ; todos somos santos hasta que nos tienta el diablo.
Me contuve por Olga, y no lo molà a golpes por eso.
No tardó mucho en conocerse en la aldea ese desacuerdo con mi suegro. Las gentes empezaron a mirarme con menos hostilidad. Como era dichoso, mi carácter se habÃa temperado mucho; Olga tenÃa también excelente corazón. Me propuse entonces ser bueno con los colonos; aplicaba la indulgencia cuanto me era posible; les ayudaba y encubrÃa sus depredaciones. Una aldea es como un vaso de cristal, y todos saben lo que hace el vecino. Esa conducta mÃa irritaba a Titof:
—¿Quieres sobornar otra vez a Dios?
Me resolvà a abandonar el despacho. Dije a mi esposa: