Mis confesiones
Mis confesiones ¿Qué serÃa de mÃ? Transcurrieron los dÃas; debÃa prepararme para el arrepentimiento, y con el pecho oprimido me dirigà a casa del párroco.
Era un domingo por la tarde. Hallé al sacerdote sentado a la mesa, tomando el té con su esposa. En derredor de ellos se agrupaban sus cuatro hijos. El negro rostro del eclesiástico, brillante de sudor, parecÃa cubierto de escamas como los peces. Me acogió cariñosamente.
—Siéntate; toma una taza de té.
En la habitación, clara y tibia, todo era orden y limpieza. Recordando la negligencia con que aquel cura celebraba el culto, pensaba yo: «Éste es su templo».
Me faltaba humildad…
—Qué, Matvei, ¿echas en falta a tu mujer?
—SÃ; le echo en falta.
—Es menester que celebremos misas por el descanso de su alma, cuarenta dÃas… ¿Se te aparece en sueños?
—¡SÃ!
—¡Ah! Pues será necesario hacer lo que te digo.
Guardé silencio. No debÃa hablar ante la esposa del cura; no me era simpática. Era mujer corpulenta, de faz redondeada y adiposa y voz jadeante. Prestaba dinero a intereses usuarios.