Mis confesiones
Mis confesiones —¡Ruega con devoción! —me aconsejaba el párroco—. No te aflijas mucho, pues ofenderÃas al Señor. Él sabe lo que hace.
—¿De veras lo sabe? —interrumpÃ.
—¡Cómo! ¡Ah! Ya sé que eres altanero con los hombres, pero no lo seas con la ley divina, porque tu castigo será cien veces mayor. ¿No será eso el germen de impiedad de Larión que fermenta en ti? Recuerda que si el difunto cayó en la herejÃa, fue a causa de la bebida.
La mujer del cura intervino:
—A ese Larión debÃais haberlo mandado a un convento; pero mi marido es demasiado bueno y no formuló nunca la correspondiente querella.
—Eso no es verdad —exclamé—. Vuestro marido no dejó de presentar la querella contra Larión, aunque no la fundó en sus opiniones heréticas, sino en su negligencia. Y sin embargo, vuestro marido es todavÃa más negligente que lo fue Larión, en lo que al culto respecta.
Se enzarzó la discusión. El párroco me reprochaba mi insolencia, pronunciando palabras que conocÃa tan bien como él, por más que las alteraba a su sabor. Su mujer y él pasaron después a las injurias.