Mis confesiones
Mis confesiones —Tu suegro y tú sois un par de ladrones. Habéis cometido un despojo con la Iglesia. El Campo Mojado pertenecÃa a la parroquia desde tiempo inmemorial; vosotros lo arrancasteis de nuestras manos, y Dios os ha castigado…
—Es cierto —contesté—. Nosotros os hemos quitado el Campo Mojado, sin ningún derecho; pero antes lo habÃais robado vosotros al pueblo.
Y levantéme para salir.
—¡Aguarda! —exclamó el cura—. ¿Y el dinero para las misas?
—No quiero vuestras misas.
Al marcharme, iba pensando:
«No has guiado bien tu espÃritu, Matvei».
Tres dÃas después, Sacha, mi hijo, se envenenó. HabÃa encontrado arsénico; lo comió creyéndolo azúcar, y eso le causó la muerte. Esa desgracia ni me sorprendió siquiera: me habÃa vuelto indiferente a todo.