Mis confesiones

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VII

RESOLVÍ trasladarme a la capital, donde residía un arcipreste, hombre muy piadoso y sabio. Gustaba de discutir con los disidentes sobre cuestiones religiosas, y era conocido por su sagacidad. Puse a mi suegro al corriente de mi marcha y de la intención que abrigaba de cederle cuanto poseía, la casa y todo lo demás por la suma de cien rublos.

—No —me dijo— eso no es justo. Suscríbeme una cesión por el precio de trescientos rublos a seis meses, y te haré entrega inmediatamente del tercio de esta cantidad.

Firmé, tomé el dinero, solicité el pasaporte, y me puse en camino. Emprendí el viaje a pie, con la esperanza de que así se calmaría la agitación de mi espíritu. Iba a confesarme y, sin embargo, no pensaba en Dios; me sentía a un tiempo asustado y descontento de mí mismo. Mis ideas se deformaban, se dispersaban y hacían girones como una tela podrida; mis horizontes se presentaban encapotados y tempestuosos.

Me costó mucho trabajo introducirme en casa del arcipreste. Un empleado apuesto, joven, husmeador, encargado de recibir a los visitantes, me despidió por cuatro veces.

—Soy el secretario —me dijo—; dame tres rublos.

—No te daré ni siquiera tres copecks —le respondí.


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