El Viento en los sauces
El Viento en los sauces El Topo, muy cansado, también estaba deseando acostarse, y no tardó en apoyar la cabeza en la almohada con gran alegría y contento. Pero antes de cerrar los ojos los dejó vagar por su viejo salón, suavemente iluminado por el resplandor del fuego, cuyas llamas se reflejaban juguetonamente en objetos familiares y amistosos que durante mucho tiempo habían sido parte inconsciente de él, y que ahora le acogían sonrientes, sin ningún rencor. Se hallaba ahora en el estado de ánimo que con tanta delicadeza y discreción había propiciado el Ratón. Veía claramente lo simple y ramplón, incluso estrecho, que era todo, pero también, con la misma claridad, lo mucho que significaba para él, y el valor inapreciable de tener un anclaje así en la vida. En modo alguno quería abandonar su nueva existencia y sus espléndidos espacios, volver la espalda al sol y al aire y a todo lo que ofrecían para regresar de nuevo a su casa y quedarse allí; el mundo exterior era demasiado fuerte, su llamada seguía llegándole allí abajo, y sabía que debía volver a aquel escenario más amplio. Pero era bueno pensar que tenía aquel lugar para regresar, aquel lugar que era todo suyo, aquellas cosas que estaban tan contentas de volverle a ver y con las que siempre podría contar para que le diesen la misma sencilla bienvenida.