El Viento en los sauces
El Viento en los sauces
Nada más llegar al paseo de coches del Sapo vieron aparcado frente a la casa, como había anunciado el Tejón, un flamante automóvil nuevo, muy grande, pintado de rojo brillante (el color favorito del Sapo). Cuando se acercaban, la puerta se abrió de golpe y el Sr. Sapo en persona, ataviado con gafas de piloto, gorra, polainas y un enorme sobretodo, bajó las escaleras muy ufano mientras se ponía sus guantes de conducir.
—¡Hola! ¡Venid, amigos! —gritó alegremente al verles—. Llegáis justo a tiempo para acompañarme a dar un bonito… a dar un bonito… a dar un… esto… bonito…
Sus palabras joviales se entrecortaron y apagaron al advertir la expresión severa e inflexible con que le miraban sus silenciosos amigos, y no concluyó su invitación.
—Llevadle dentro —dijo severamente el Tejón, subiendo las escaleras.
Luego, mientras le arrastraban al interior de la casa protestando y debatiéndose, el Tejón se volvió hacia el chófer que había traído el automóvil.
—Me temo que sus servicios ya no son necesarios —dijo—. El Sr. Sapo ha cambiado de idea. Ya no necesita el coche. Y entienda por favor que esto es definitivo. No hace falta que espere —y entrando tras los otros cerró la puerta.