El Viento en los sauces

El Viento en los sauces

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Se acomodaron en sillones y esperaron pacientemente. A través de la puerta cerrada alcanzaban a oír el murmullo continuo de la voz del Tejón, elevándose y cayendo en oleadas de oratoria, y al cabo de un rato advirtieron que el sermón empezaba a ser puntuado a cada rato por largos suspiros, procedentes a todas luces del pecho del Sapo, que era un animal de buen corazón, afectuoso y fácil de convencer (por algún tiempo) de cualquier cosa.

Tras unos tres cuartos de hora la puerta se abrió y volvió a aparecer el Tejón, llevando solemnemente de la pata a un Sapo abatido y renqueante. La piel le colgaba como un saco en torno al cuerpo las piernas le temblaban y sus mejillas mostraban los surcos de las lágrimas tan abundantemente derramadas por obra del conmovedor discurso del Tejón.

—Siéntate aquí, Sapo —dijo afablemente el Tejón, indicándole una silla—. Amigos míos —siguió—, me alegra informaros de que el Sapo ha reconocido por fin sus errores. Lamenta sinceramente su mala conducta en el pasado y se ha comprometido a renunciar completamente y para siempre a los automóviles. Cuento con su promesa solemne en ese sentido.

—Es una noticia muy buena —dijo seriamente el Topo.

—Sin duda muy buena —observó dubitativamente el Ratón—, sólo que… sólo que…


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