El Viento en los sauces

El Viento en los sauces

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Grahame escribe El viento en los sauces en las postrimerías de la era victoriana. Para entonces los románticos ingleses habían alcanzado, merced a autores como Wordsworth o Thomas Hardy auténtica maestría en la descripción realista, aunque poética de los escenarios naturales. Con Dickens o Thackeray, la finura en el apunte literario que retrata los ambientes rurales y las costumbres del pueblo. Y con gente como Carlyle, Morrison o Scott el sentido de las pérdidas que la nueva sociedad industrial origina con referencia a algunas idealizaciones del pasado aristocrático y medieval. Bien, los méritos no se heredan y ninguno de estos grandes de la literatura anglosajona tiene contribuciones incluidas en El viento en los sauces. Pero haberlos leído sí educa una sensibilidad literaria y Grahame es un excelente heredero de algunas de esas tradiciones. Sus descripciones de la naturaleza son realistas, profundas y poéticas. No hay estereotipos de verdes prados, suave viento y sol tibio. Ciertamente, hay días como esos y están descritos bellamente. Pero también el río en noches de luna, y el bosque duro, amenazador, escuálido y terriblemente bello bajo la noche nevada del invierno, y las tardes densas, pesadas y zumbantes del estío, y los trinos de los pájaros y el susurro del viento entre los juncos. Repertorio amplio, excelso y que abarca todas las estaciones. Esa exquisita sensibilidad poética de la que hace gala en sus descripciones de la naturaleza llega al arrobo místico en un episodio en concreto en el que aparece el dios Pan en persona. No es de extrañar. Grahame es también autor de Pagan Papers, (ensayos paganos) y el neopaganismo del que hace gala está acorde con el mostrado por otros escritores de la época que hicieron de la Naturaleza casi una religión.


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