El Viento en los sauces
El Viento en los sauces Bien, los materiales con los que trabaja Grahame en El viento en los sauces son muy sólidos: el amor al hogar, una visión poética y exaltada de la naturaleza, la amistad, la nostalgia y un «saber estar» que mezcla bonhomía, dignidad, decencia y hasta elegancia. Hay que advertir que la maestría con la que Grahame maneja los afectos melancólicos hacia el hogar pone en riesgo de lágrima al adulto más cínico y curtido. Las madrigueras de Ratón, Topo o Tejón y las sensaciones que en ellos despiertan, son arquetipo del más tierno afecto que uno sienta por su casa —o por cómo debería ser su casa…—. Cuando Topo, tras una ausencia larga, llega a su humilde agujero, piensa agotado antes de dormir:
«Pero antes de cerrar los ojos los dejó vagar por su viejo salón, suavemente iluminado por el resplandor del fuego, cuyas llamas se reflejaban juguetonamente en objetos familiares y amistosos que durante mucho tiempo habían sido parte inconsciente de él, y que ahora le acogían sonrientes, sin ningún rencor».