El Viento en los sauces
El Viento en los sauces Y entregado a lamentaciones como estas pasó los dÃas y las noches durante varias semanas, rechazando comidas y refrigerios, aunque el viejo y adusto carcelero, que sabÃa que el Sapo tenÃa un buen bolsillo, le sugerÃa a menudo que si lo aflojaba podÃa conseguir del exterior numerosas comodidades, e incluso lujos.
Ahora bien, el carcelero tenÃa una hija, una muchacha agradable y de buen corazón, que le ayudaba en las tareas ligeras de su cargo. Le gustaban mucho los animales, y además de un canario, cuya jaula pasaba el dÃa colgada de un clavo en la sólida puerta de la torre, para gran fastidio de los presos aficionados a dormir la siesta después de comer, y la noche tapada con un paño en la mesa del salón, tenÃa varios ratoncitos blanquinegros y una ardilla que no paraba de dar vueltas en su rueda. Esta bondadosa muchacha, apiadándose de la desdicha del Sapo, dijo un dÃa a su padre:
—¡Padre! ¡No soporto ver a ese pobre animalito tan infeliz, y cada vez más delgado! Te pido que me dejes ocuparme de él. Ya sabes lo mucho que me gustan los animales. Haré que coma de mi mano, que se levante y haga todo tipo de cosas.
Su padre le contestó que podÃa hacer lo que quisiera con él. Estaba harto del Sapo, de sus berrinches, sus aires de grandeza y su tacañerÃa. De modo que aquel mismo dÃa la muchacha emprendió su caritativa misión, y llamó a la puerta de la celda del Sapo.