El Viento en los sauces
El Viento en los sauces
El viajero era flaco, de rasgos afilados y hombros un poco hundidos; tenÃa las patas largas y delgadas, hondas arrugas en las comisuras de los párpados y unos aretes de oro en sus orejas bien perfiladas. Llevaba un descolorido jersey de lana azul, unos pantalones llenos de manchas y remiendos que en tiempos debÃan de haber tenido el mismo color, y un pañuelo azul de algodón en el que traÃa liadas sus escasas pertenencias.
Cuando hubo descansado un rato el forastero suspiró, husmeó el aire y miró a su alrededor.
—Huele a tréboles —comentó—, ese es el olorcillo tibio que trae al brisa, y lo que se oye ahà detrás son vacas pastando y resoplando suavemente entre bocado y bocado. A lo lejos se oyen unos segadores, y allà se eleva el humo azul de las casas por encima del bosque. Debe de haber un rÃo muy cerca, porque oigo la llamada de una polla de agua, y veo que tú tienes pinta de marinero de agua dulce. Todo parece dormido, pero al mismo tiempo en movimiento. ¡Llevas una buena vida, amigo, sin duda la mejor del mundo si uno tiene la fuerza necesaria!
—SÃ, es la vida, la única vida que se puede vivir —respondió el Ratón soñadoramente, sin su habitual convicción entusiasta.