El Viento en los sauces

El Viento en los sauces

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—Para la tripulación sí que lo es —contestó muy serio el viajero, con otro amago de guiño—. Desde Córcega —siguió diciendo— volví a hacerme a la mar en un barco que llevaba vino al continente. Al anochecer recalamos en Alassio, nos pusimos al pairo, izaron los barriles de vino y los largaron por la borda atados entre sí con una larga maroma. Luego los marineros arriaron las barcas y se dirigieron a la costa, cantando mientras remaban y arrastrando la larga ristra bamboleante de barriles, como una milla de marsopas. En la playa nos esperaban con caballos, que arrastraron los barriles por las callejuelas empinadas del pueblo con gran estrépito de cascos y duelas. Cuando entregamos el último barril nos retiramos a refrescarnos; estuve hasta altas horas de la noche bebiendo con los amigos, y a la mañana siguiente me interné por los vastos olivares en busca de descanso. Pues de momento estaba un poco harto de islas, y puertos y barcos nunca faltan; de modo que me dediqué a vaguear, mirando cómo trabajaban los campesinos o tumbado en lo alto de una colina, contemplando allá abajo el azul Mediterráneo. Luego me encaminé sin prisa, a veces a pie y a veces en barco, hacia Marsella, donde me reuní con viejos camaradas de a bordo, visité los grandes buques transoceánicos y me di de nuevo la gran vida. ¡Y no hablemos del marisco! ¡Te digo que a veces sueño con el marisco de Marsella y me despierto llorando!


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