El Viento en los sauces

El Viento en los sauces

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Muy preocupado, el Topo le dejó solo un rato y se dedicó a tareas domésticas. Anochecía ya cuando volvió al salón y encontró al Ratón donde le había dejado, completamente despierto pero inmóvil, callado y abatido. Le miró a los ojos y vio con gran alivio que volvía a tenerlos claros, del mismo color castaño oscuro que antes; luego se sentó e intentó animarle, pidiéndole que le contara lo que le había pasado.

El pobre Ratoncito hizo lo que pudo por explicárselo poco a poco, pero ¿cómo podía expresar con frías palabras lo que había sido principalmente obra de la sugestión? ¿Cómo evocar para otro las inquietantes voces marinas que habían cantado para él, cómo reproducir en frío los miles de recuerdos del Viajero? También a él, ahora que el hechizo estaba roto y el encanto se había desvanecido, le resultaba difícil entender que aquello le hubiera parecido horas antes lo único e inevitable. Por eso no es sorprendente que no consiguiera transmitir al Topo una idea clara de lo que le había ocurrido aquel día.

El Topo tenía al menos claro que aquel ataque o arrebato había pasado, y que su amigo había recobrado el juicio, aunque estaba alterado y deprimido por la reacción. Pero de momento parecía haber perdido todo interés por las cosas de su vida cotidiana, y por la grata anticipación de los días y andanzas diferentes que sin duda traería consigo la nueva estación.


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