El Viento en los sauces
El Viento en los sauces —¡Se acabó! ¡Ahora sí que se ha acabado todo! ¡Otra vez grilletes y policías! ¡Otra vez la cárcel! ¡Otra vez a pan y agua! ¡Ay, qué idiota he sido! ¡Cómo se me ocurre ir por el campo cantando canciones vanidosas, y hacer señas a la gente en la carretera a plena luz del día, en vez de esconderme hasta el anochecer y volver discretamente a casa por senderos escondidos! ¡Oh, desventurado Sapo! ¡Oh, malhadado animal!
El temible automóvil se acercó lentamente hasta que al fin le oyó detenerse a dos pasos de él. Dos caballeros se apearon y rodearon aquel bulto tembloroso e infeliz tirado en medio de la carretera, y uno de ellos dijo:
—¡Oh, qué pena! ¡Es una pobre mujer, al parecer una lavandera, que se ha desmayado! Quizá sea por el calor, pobrecita, o quizá es que no ha comido nada hoy. Vamos a subirla al coche para llevarla hasta el pueblo más cercano, donde sin duda la conocerán.
Metieron con cuidado al Sapo en el automóvil, le acomodaron entre blandos cojines y siguieron su camino.
Al oírles hablar de modo tan afable y cordial, el Sapo se dio cuenta de que no le habían reconocido, por lo que empezó a recobrar el valor y abrió cautelosamente un ojo, y luego el otro.