El Viento en los sauces
El Viento en los sauces —Sapo —dijo el Ratón de Agua con toda seriedad y firmeza—, sube arriba inmediatamente y quÃtate esos andrajos, que parecen haber pertenecido en tiempos a una lavandera, y lávate bien, y ponte algo mÃo, e intenta presentarte como un caballero, si es que puedes, ¡porque en toda mi vida no he visto una cosa tan desastrada y desaliñada y zarrapastrosa como tú! ¡Venga, deja de fanfarronear y protestar y sal pitando! ¡Luego tengo que hablarte!
El Sapo estuvo al principio tentado de soltarle un par de frescas. HabÃa acabado harto de recibir órdenes cuando estaba en la cárcel, y por lo visto la cosa empezaba de nuevo, ¡y encima era un Ratón quien se las daba! Pero entonces se vio en el espejo que habÃa encima del perchero, con la ajada cofia negra ladeada sobre un ojo, y pensándolo bien obedeció humildemente y subió a toda prisa las escaleras hasta el vestidor del Ratón. Allà se lavó y se cepilló bien, se cambió de ropa y estuvo un buen rato ante el espejo, contemplándose con orgullo y placer y pensando en lo terriblemente idiotas que tenÃan que haber sido todos los que habÃan llegado a creer por un momento que era una lavandera.