El Viento en los sauces
El Viento en los sauces —¡ComisarÃa de policÃa! ¡Denuncia! —murmuró el Sapo en tono soñador—. ¡Denunciar yo esa hermosura, esa visión celestial que me ha sido concedida! ¡Reparar el carromato! He acabado para siempre con los carromatos. No quiero volver a ver ese, ni a saber nada de él. ¡Oh, Ratoncito! ¡No sabes lo agradecido que te estoy por haber aceptado venir a este viaje! Nunca lo hubiera hecho sin ti, y entonces quizá nunca hubiera visto ese… ¡ese cisne, ese rayo de sol, ese relámpago! ¡Quizá nunca hubiera oÃdo ese ruido fascinante, ni olido ese olor cautivador! ¡Te debo todo eso, mi excelente amigo!
El Ratón se apartó de él con desesperación.
—¿Ves cómo es? —dijo al Topo, hablándole por encima de la cabeza del Sapo—. No tiene remedio. Me doy por vencido: cuando lleguemos al pueblo iremos a la estación ferroviaria y con un poco de suerte cogeremos un tren que nos deje esta noche en la Orilla del RÃo. ¡Y que me aspen si vuelvo a hacer un viaje de placer con este irritante animal! —bufó, y durante el resto de aquella agotadora caminata se dirigió exclusivamente al Topo.