El Viento en los sauces

El Viento en los sauces

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Al llegar al pueblo fueron directamente a la estación y dejaron al Sapo en la sala de espera de segunda clase, tras dar dos peniques a un mozo para que le vigilara atentamente. Después dejaron al caballo en el establo de un hostal y dieron todas las indicaciones que pudieron sobre el carromato y su contenido. Finalmente cogieron un tren que paraba en todas las estaciones, se apearon en una no muy lejana de la Mansión del Sapo y acompañaron al hechizado animal, que caminaba como un sonámbulo, hasta la puerta de su casa, donde encargaron a su ama de llaves que le diera de comer, le desvistiera y le metiera en la cama. Luego sacaron su barca del cobertizo, remaron río abajo hasta su casa y a las tantas de la noche se sentaron a cenar en su acogedor salón con vistas al río, con gran alegría y contento por parte del Ratón.

Al atardecer del día siguiente el Topo, que se había levantado tarde y había pasado todo el día vagueando, estaba en la orilla pescando cuando vino a buscarle el Ratón, que había estado cotilleando con sus amigos.

—¿Sabes lo que ha pasado? —dijo—. No se habla de otra cosa en toda la orilla del río. El Sapo ha ido a la Ciudad por la mañana, en uno de los primeros trenes. Y ha encargado un coche muy grande y muy caro.


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