El Viento en los sauces

El Viento en los sauces

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Los dos animales tropezaron entre sí en su ansia por entrar, y oyeron con gran alegría y alivio el cerrojo que se cerraba a sus espaldas. El Tejón, que vestía una bata larga y cuyas zapatillas tenían en efecto los tacones muy gastados, llevaba un candelero en la mano y probablemente se disponía a acostarse cuando había oído llamar a la puerta. Se les quedó mirando afablemente desde arriba y les dio unas palmaditas en la cabeza.

—No hace una noche para que los animalitos anden por ahí fuera —dijo paternalmente—. Me temo, Ratoncito, que debías de estar tramando otra de tus travesuras. Pero venid, venid conmigo a la cocina. Tengo encendido un buen fuego, y hay cena y de todo.

Se adelantó arrastrando los pies con la luz en alto, y le siguieron, dándose codazos excitados en previsión de lo que les esperaba, por un pasillo largo, oscuro y a decir verdad bastante mugriento que iba a dar a una especie de vestíbulo central, desde donde pudieron entrever otros pasillos con aspecto de túneles que se bifurcaban, pasadizos misteriosos que parecían no tener fin. Pero también había puertas en el vestíbulo, sólidas puertas de madera de roble y aspecto confortable. El Tejón abrió una de ellas y se encontraron de pronto en una gran cocina bien iluminada y caldeada por el fuego del hogar.


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