Las maniobras del Vaticano

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La acción católica

La Acción Católica, nacida específicamente después de 1848, era muy distinta de la actual, reorganizada por Pío XI[1]. La posición original de la Acción Católica después de 1848 (y en parte también en el período de incubación que va de 1789 a 1848, cuando surge y se desarrolla el hecho y el concepto de nación y de patria, convertido en elemento ordenador —intelectualmente y moralmente— de las grandes masas populares, en victoriosa concurrencia con la Iglesia y la religión católica), puede caracterizarse extendiendo a la religión católica la observación que un historiador francés ha hecho a propósito de la monarquía «legitimista» y de Luis XVIII: parece que Luis XVIII no lograba convencerse de que en Francia, después de 1815, la monarquía debía tener un partido político específico para sostenerse. Todos los razonamientos expuestos por los historiadores católicos (y las afirmaciones apodícticas de los pontífices en las encíclicas) para explicar el nacimiento de la Acción Católica y para relacionar esa nueva formación con movimientos y actividades «siempre vigentes» desde Cristo en adelante, son de una extrema falacia. Después de 1848, en toda Europa (en Italia la crisis asume la forma específica y directa del anticlericalismo y aun de la lucha militar contra la iglesia) la crisis histórico-político-intelectual es superada con la neta victoria del liberalismo (entendido como concepción del mundo más que como particular corriente política) sobre la concepción cosmopolita y «papalina» del catolicismo. Antes de 1848 se formaban partidos más o menos efímeros e insurreccionaban a las personalidades contra el catolicismo. Después de 1848 el catolicismo y la Iglesia «deben» tener un propio partido para defenderse; y para arredrarse lo menos posible; no pueden ya hablar (por lo menos oficialmente, porque la Iglesia no confesará jamás la irrevocabilidad de tal estado de cosas) como si supiesen que son la premisa necesaria y universal de todo modo de pensar y de obrar. Hoy muchos no logran ni siquiera convencerse de que así pudo ser una vez. Para dar una idea de este hecho, se puede ofrecer este ejemplo: hoy nadie puede pensar seriamente en fundar una asociación contra el suicidio (es posible que en alguna parte exista cierta sociedad del género, pero se trata de otra cosa) porque no existe ninguna corriente de opinión que desee persuadir a los hombres (y lo logre siquiera parcialmente) de la necesidad de suicidarse en masa (si bien han existido individuos y aun pequeños grupos que sostuvieron esas formas de nihilismo radical, parece que en España): la «vida» es la premisa indispensable de toda manifestación de vida, evidentemente.


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