A orillas de río Rogue
A orillas de río Rogue Quédate así quieta... Acaso pueda ahora pensar —le ordenó Kev, mientras ella, pasado el instante de turbación, trataba de librarse otra vez de su abrazo, para recobrar la posición normal.
—Déjame... respirar —replicó ella, en un susurro jadeante.
Keven aflojó un poco los brazos, pero no tanto que ella pudiese escapar, como era su intención.
—¡Te quiero tanto... que voy a perder por ti la razón y la vida! —repitió, apasionadamente.
—Eso no es razón para que... me tengas así... en esta postura... —volvió a gemir Beryl.
—Sí; sí es razón... ¿Qué me importa a mí que estés en una u otra postura? Te quiero lo mismo, aunque estés cabeza abajo...
—Está bien, Keven... —imploró, tratando, al menos de ponerse de rodillas, cosa que consiguió, al fin... La cara de Beryl quedó entonces a la altura del cuello de Keven, y allí se hundió, buscando un amoroso refugio.
—Permíteme que me levante, Kev... Esta postura es indigna, por no decir...
vergonzosa.
—Me importa poco; que sea indigna, vergonzosa... ¡lo que quieras! Yo te quiero inmensamente, Beryl, en cualquier postura...