A orillas de rÃo Rogue
A orillas de rÃo Rogue —Pero... me haces daño —prosiguió ella, haciendo unos deliciosos pucheros, como para llorar—; no puedo resistir más... Me vas a romper algo...
—Prométeme que no te vas a marchar como un torbellino; que te vas a quedar aquÃ.
—Bueno, lo prometo.
Los brazos de Keven se aflojaron.
—¡Oso, pedazo de oso salvaje! —gritó Beryl enderezándose sobre las rodillas, con el pecho jadeante y las mejillas encendidas. Luego, se puso en pie, se arregló los desordenados pliegues del vestido y se sentó sobre el brazo del sillón.
Pasando el brazo derecho alrededor del cuello de Keven, murmuró: —Kev... dime eso otra vez; después obedeceré tus órdenes ciegamente, haré lo que quieras...
—¿Qué es lo que quieres que te diga?
—Eso... eso de que vas a perder la razón.., y la vida...
—¡Oh, mi Beryl querida!... Mil veces te lo diré: que te quiero tanto, que voy a perder por tu culpa la razón y la vida; ¿es que no te enteras? —exclamó, mucho más apasionado que nunca.