A orillas de rÃo Rogue
A orillas de rÃo Rogue Un estremecimiento pareció recorrer todo el cuerpo de Beryl. Keven le sintió estrecharse contra él, cada vez más intensamente, y en un instante ya no fue una mejilla húmeda lo que se apretujó contra la suya, sino que fueron los propios labios frescos y jugosos de la muchacha, los que estamparon en su rostro ardiente el más trémulo y apasionado de los besos.
—¡No me beses, Beryl, por lo que más quieras...! —suplicó—. No me beses... o te comeré, sin remedio. ¡Necesito un millón de besos!
—Ya puedes empezar —le contestó ella, con toda la seducción de la más ardiente y coqueta enamorada.
—¡Ah!, Beryl, no digas eso..., no me engañes, no te burles de mÃ... ¿Quieres dar a entender, seriamente, que... me quieres también tú a mÃ?
—¿Que si te quiero?... ¡Te quiero y te querré siempre hasta la última gota de mi sangre..., hasta el último latido de mi corazón!
—Pero, déjame pensar, Beryl... Ahora tengo que pensar, es forzoso que vuelva a poner en juego mi razón, adormecida por este maravilloso sueño...
—Piensa lo que quieras, Kev; si tus pensamientos se refieren a mÃ, me sentiré feliz.
—Se refiere a ti... ¿A. quién podrÃan referirse?
—Entonces, adelante —susurró ella.