A orillas de río Rogue
A orillas de río Rogue Una vez allí, el río baña las arenas tantas veces lavadas por los mineros en busca del oro milagroso, y en ocasiones, impregna sus curvas y orillas con la sangre de miles y miles de buscadores alucinados... Corre y se arremolina; se vuelve perezoso junto a los prados, que refulgen como joyas en las suaves pendientes de las colinas; vuelve a encresparse a ratos, como en anticipada protesta por su inevitable y nuevo aprisionamiento en el traicionero y gran desfiladero del Estero de la Mula. Cuando emerge de sus estrechas y altas paredes negruzcas, el río parece sometido y cansado, aunque alegre de encontrarse libre y de recibir graciosamente los pequeños y grises ramales que se despeñan de los riscos llenos de musgo y de soledad, donde los negros abetos le usurpan audazmente el terreno de sus orillas, los patos silvestres anidan y juegan entre las raíces, y los mirlos construyen, bajo las rocas, sus nidos de barro. Allí se señorea el águila, y el oso y el venado trazan, día a día, sus huellas a lo largo de las arenas y de las playas... Sin embargo, todo tiene su fin, y el río, después de un postrer descenso de más de dos millas de recial, descansa de su larga acrobacia y de su salto, que alcanza las cien millas.
