Al oeste del pecos

Al oeste del pecos

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Brasee enrolló con inseguras manos los billetes. Luego, utilizando un lápiz, escribió algo en un trozo de papel.

—Aquí tiene su recibo, señor. Pero retendré al joven Lambeth hasta que venga don Felipe.

—Eso es lo que supone usted. Oiga, ¿cómo sabe usted que no soy un batidor tejano?

—Los batidores no vienen al oeste del Pecos —replicó Brasee rápidamente, pero estaba desasosegado y temeroso.

—Todo puede suceder al oeste del Pecos. Y esto es solamente una advertencia —afirmó el vaquero—. Sambo, coja esa hacha y venga conmigo.

Pecos salió de la tienda caminando hacia atrás. El desprecio por los hombres que se reunían en torno a don Felipe no le hacía ser descuidado. Sambo le había precedido.

—Yo lo sabía, patrón lo sabía —declaró el negro mientras giraba los ojos.

¿Qué es lo que sabía usted, Sambo?

—Que ese Brasee es un cobarde hasta el tuétano. Pero no dejé de vigilá al mejicano.

—Yo también lo estaba vigilando, Sambo. Ésta es una cuadrilla de miserables. No pueden durar mucho tiempo aquí… Lléveme a ese calabozo donde han encerrado al joven Lambeth.


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