Al oeste del pecos

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Pecos sacó un nutrido fajo de billetes, contó la cantidad indicada y se la entregó a Brasee. No le había pasado inadvertida la expresión de avaricia que se asomó a los ojos del comerciante. No había tampoco dejado de advertir otras cosas muy significativas. El establecimiento de Dale Shevlin se había convertido en un antro poco recomendable. Otro hombre estaba escuchando, acaso vigilando, al otro lado de la puerta, medio cerrada, que comunicaba con la taberna.

—Extienda un recibo —añadió Pecos en tamo que estiraba una mano hacia atrás en busca de algo que pudiera ser arrojado. Sucedió que lo que encontró más cerca fue un saco de sal, que pesaría por lo menos unas diez libras. Pecos lo arrojó contra la puerta con la rapidez de un relámpago. A esta acción siguieron tres ruidos diferentes: el porrazo del saco contra la puerta, el golpe de la puerta contra algo más blando que ella y, finalmente, el estruendo de algo que cayó ruidosamente al suelo. La puerta quedó completamente abierta, y Pecos pudo ver que un hombre intentaba sentarse en el suelo, donde estaba caído, mientras se llevaba una mano a la nariz aplastada y ensangrentada.

—¡Oiga, diablos! ¿Cómo demonios podía yo saber que estaba usted escuchando detrás de la puerta? —preguntó Pecos—. ¿Qué clase de garito es éste que gobierna usted, Brasee?


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