Arizona

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—Y tiene razón.

—Bien, si te duele tanto perder a este antiguo compañero, hazle que presente excusas —rezongó Slim, de mal talante.

—Desde luego, presento excusas. Todo era una broma. Tenía que hacer algo, ¿no?

—Si le ha parecido a usted así… —dijo Slim, estrechándole la mano de mala gana—. En fin, lo pasaré por alto… ¿Conque es usted un antiguo compañero de Mac? Mac nunca ha tenido más que un socio, salvo yo, que valiese una higa, y le mataron. ¿Cómo se llama usted?

—Ames.

—¿Ames…? ¿Pero no es el Ames de Arizona?

—Sí, Slim, el mismo.

Slim Azul se volvió a MacKinney y le colmó de improperios. Después de desahogarse, exclamó:

—¡Serías capaz hasta de dejarme suicidar!

El coche se detuvo con sus dos ocupantes frente a los vaqueros y un hombre de espléndida presencia saltó de él. Tenía menos de cuarenta años, moreno, con cabello y ojos tan negros como el ala de un cuervo. En su cara se veían las señales de la reciente orgía. Era de viril y activa presencia.

—¿Qué ocurre aquí? —demandé con voz alta y autoritaria.


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