Arizona
Arizona —No, Slim —replicó Ames—. Sólo le he hecho una caricia en el ojo y luego le he dado un golpecito en su punto débil. ¿No le dije a usted que necesitaba alimento?
—Aquà viene el patrón —dijo en voz alta Lany Price. Poca atención prestó nadie al coche que se acercaba.
—Me ha dado usted un puntapié en el vientre —repitió Slim—, pero pegarme a mà no es ningún juego. Blab, necesito tu revólver.
—Slim, tú estás loco —saltó MacKinney, recobrándose de repente—. ¡No pensarás pegarle un tiro a éste!
—¿Cómo que no?
—¡Pero hombre, éste es un antiguo socio mÃo!, —protestó MacKinney.
—Lo siento mucho —contestó, terco, Slim, aunque pareció impresionarse, y se levantó—. Me has engañado, pues me juraste que no tenÃas más socio que yo.
SÃ, pero de esto han pasado muchos años. Creà que estaba muerto.
—Pues es muy triste para dos viejos amigos volverse a reunir de esta manera. Ahora no vas a creer que ha muerto. Lo sabrás.
—Pero, Slim, ¿no has oÃdo quién es éste?
—No, ni me importa. Ha dicho que estoy mal de la cabeza.