Arizona
Arizona —¿Arizona Ames? —continuó MacKinney, comprobando un reconocimiento que le parecÃa increÃble, y corrió a abrazar a Ames de una manera que armonizaba con sus palabras—. Ésta es la mayor de las sorpresas. Yo te creÃa muerto.
—Mac, estoy todavÃa bastante vivo.
MacKinney, con un brazo por encima de los hombros de Ames, se dirigió al asombrado grupo que les miraba desde el porche.
—Os presento a mi antiguo socio Arizona Ames; seguramente todos recordáis haberme oÃdo hablar de él y de cuando trabajaba para Rankin, con el equipo más bragado que haya montado jamás a caballo.
—¡Arizona Ames! —murmuró un vaquero.
—SÃ, Blab, nos acordamos.
—¿Qué tal, Ames? Me parece que no es usted tan forastero como se ha creÃdo Slim.
Esta última observación hizo volverse a MacKinney. Allà estaba arrodillado Slim, aún abatido, pero ya reponiéndose.
—¡Demonio, Slim! Te habÃa olvidado.
Slim amenazó a Ames con el puño.
—Me ha dado usted un puntapié en el vientre —jadeó.