Arizona
Arizona —¡Alto, patrón!, —saltó en este momento MacKinney.
—Seguramente le gustará a usted saber que éste es un antiguo compañero mÃo.
—Supongo, Mac, que eso serÃa una referencia si yo la necesitara, pero a mà nunca me importa lo que un vaquero haya hecho o haya sido. Todo lo que me importa es cómo trabaja para mÃ.
—De todas maneras, debe usted saber que este amigo mÃo es Arizona Ames —insistió, terco, MacKinney.
—¿Qué? —exclamó Grieve, disparando el monosÃlabo como una bala. Sus negros ojos se fijaron en Ames como si detrás de ellos se despertase un instinto singular e inexplicable.
—Mi amigo es Arizona Ames.
Crow Grieve adelantó un paso hacia ellos, con su mirada negra y penetrante fija en Ames.
—Los vaqueros se suelen poner apodos apropiados —dijo—. Yo he tenido trabajando a Montanas y Nebraskas; y una vez a un pistolero que se llamaba Nevada. Pero ningún Arizona, y he oÃdo hablar de uno. ¿Se llama usted Arizona?
—No —repuso Ames casi con frialdad—, pero no puedo impedir que me lo llamen los demás, y es un apodo difÃcil de quitarse.
—¿Por qué querrÃa usted quitárselo? —preguntó con desconfianza Grieve.