Arizona
Arizona —Asà lo creo —replicó lealmente Ames—. Lany me tenÃa muy inquieto. Cuando un hombre está perdidamente enamorado no se puede decir si es bueno o malo. Pero desde que la he visto a usted, casi he decidido que es usted muy buena, aunque muy joven y desgraciada.
La confianza y la bondad de Ames acabaron con su compostura.
—¡Oh Lany!, —sollozó—. Me da fuerza y esperanza… Mi dignidad sangraba. Él nos ayudará.
—Desde luego, les ayudaré —declaró Ames comprometiéndose a no sabÃa qué. Atrajo hacia sà a la desconsolada joven, hasta que descansó la cabeza en su hombro—. Ahora, Lany, cuéntame tú.
Lany guardó su arma en la pistolera y, cuando levantó la cabeza, mostró la cara húmeda por las lágrimas.