Arizona
Arizona Ames guardó silencio un momento. Lo que sentía principalmente era que se le había quitado un peso de encima. Luego una tristeza invadió su espíritu. Por dondequiera que pasaba, la vida parecía la misma, y el amor una cosa gloriosa y terrible. El único amor que él conocía, el de Nesta, le había traído angustia, dolor y noches sin sueño, pero no era comparable con el que abrumaba a aquellos amantes. Ante él se sentía acobardado. ¿Qué podría hacer para ayudarles? ¿Qué era justo y qué era injusto? Entonces sintió moverse la cabeza de la muchacha, y en su movimiento y en la cara que le mostró, presintió Ames una ciega e irreflexiva confianza en él que le ligaba y le comprometía. Sus ojos eran tan diferentes de los de Nesta como unos ojos podían serlo, pero en ellos ardía la misma belleza, la misma sorda tragedia a través de la cual brillaba la esperanza.
—Bien, bien —comenzó, volviendo a hallar su antiguo acento frío y perezoso—; pues no es una historia tan terrible. Yo temía que fuera peor. Se enamoraron ustedes… El Todo poderoso lo habrá querido así, sin duda alguna… Pero, ahora que recuerdo, estaban ustedes muy juntitos cuando les he sorprendido.
—Sí, Arizona, nos ha sorprendido —admitió Lany, bajando la cabeza.
—Amy, usted abrazaba a Lany de una manera escandalosa —continuó Ames hablando para hacer tiempo y bromear un poco.