Arizona
Arizona —Aún no tengo veinte, pero me parece que tengo cien.
—Es usted menor de edad. No es usted dueña de sà misma, especialmente si sus padres la han confiado a Grieve.
—Eso es lo que hizo mi padre. Me vendió a Grieve. Le debÃa dinero. Pero siempre he creÃdo que mi padre no lo hubiera hecho si hubiese sabido lo que es Grieve.
—Grieve podrÃa, pues, hacerle volver con la niña. Si aguarda usted la mayorÃa de edad entonces llevarÃa la mejor parte.
—¡Más de un año! —dijo ella estremeciéndose—. ¡Ahora que sé lo que es amor! Es imposible, Arizona.
—Ya me lo figuraba —murmuró Ames con una pequeña sonrisa—. Sentémonos. Se me están cansando las piernas… Ven aquÃ, Lany.
Se sentaron juntos debajo de un pino; Ames, pensativo; Lany, abatido y desesperado; la joven, pálida y resuelta.
—Creo que me escaparé —declaró ella solemnemente—. Y si me coge, acabaré con la niña y conmigo.
—¿Ves, Arizona? —exclamó Lany—. ¿Ves con lo que tengo que luchar? A no ser por mÃ, ya lo hubiera hecho.