Arizona
Arizona —Tienes que luchar con algo muy fuerte —convino Ames, dejando deslizar por entre sus dedos un puñado de amarillentas agujas de pino—. Pero no dejaremos a Amy llegar tan lejos.
—Arizona, tú no conoces a mi amor —dijo Lany con triste ironÃa—. No podrÃas contenerla ni con una pareja de mulas.
¿Qué dice usted a eso, Amy?
—Que una vez lanzada, nadie me detendrÃa —afirmó ella.
—Bien, jóvenes, por lo que veo, la única esperanza que les queda a ustedes es esperar que Grieve se muera.
—¡Pero si es joven y fuerte! ¡Vivirá muchos años! —protestó Amy, tomando literalmente sus palabras. Lany Price, por su parte, se puso mortalmente pálido.
—¿Cuánto tiempo va a estar ausente? —inquirió Ames.
—Nunca puede decirse. Cuando dice una semana, vuelve antes, y cuando dice un dÃa o dos, tarda más.
—Amy, ¿tiene Grieve alguna sospecha de que pudiera usted…?
—Sospechas y celos de cualquier vaquero. ¡Oh! ¡Es odioso!
—¿No particularmente de Lany, entonces?