Arizona
Arizona —Pero esas mentiras no las tienen en cuenta los hombres, sobre todo cuando se dicen por ellos. Ahora hará usted lo que yo diga: no decirle nada a Grieve, tener mucho cuidado en sus entrevistas con Lany ahora, mientras su marido está ausente; y cuando vuelva, no se verán ustedes en absoluto, ni le enviará usted notas.
—¿Hasta cuándo?, —inquirió ella, llevándose las manos a los labios, y con los ojos, en los cuales apareció un brillo singular, fijos en 61.
—Mientras Grieve esté fuera, y mientras esté en casa la próxima vez.
—Lo prometo, Arizona. Por estas cruces —y después de unir la acción a la palabra, le tendió la mano sonriendo—. Y durante este tiempo, ¿hallará usted un sitio en el que pueda esconderme, o me llevará usted mismo a él, o encontrará usted algún medio de sacamos a Lany y a mà de esta terrible situación?
—Ésa es mi promesa, Amy —afirmó él—. ¿Y tú, qué dices, Lany? —continuó dirigiéndose al vaquero—. ¿Supongo que ayudarás a Amy a cumplir la suya?
—Lo juro, Arizona —dijo Lany con los labios blancos y tragando saliva.