Arizona

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Al otro día, Ames visitó al ama de llaves, una viuda de cuarenta años, rolliza y alegre, a quien no disgustaba el coqueteo con los vaqueros.

—Señora Terrill, no me he acercado en todo el tiempo por aquí —dijo Ames con sus maneras de voz más agradables—. Los muchachos me han contado muchas cosas de usted. Las viudas guapas son mi plato favorito.

—¡Anda allá, caníbal! —replicó ella alegremente—. Tú también eres un buen mozo. Apuesto a que sólo quieres de mí algún bollo o un pastel.

—Claro que tomaría alguno si me lo diera. Pero sólo he venido para saludarla y preguntarle si sabe usted cuándo vuelve el patrón.

—¡Cielos! ¿También usted está enamorado de la joven señora?

—¿Yo? ¡No! Me gustan ya desbravadas. Las jacas indómitas son para mí muy difíciles de montar.

—Es usted el primer vaquero a quien he oído decir una cosa así… No, no sé cuándo volverá el patrón. Espero que no sea pronto.

A la señora Terrill le gustaba hablar, y Ames era un oyente inspirador. Tuvo que oír muchas cosas de la buena y paciente Amy Grieve y de su adorable hija. Y de aquí fue fácil llevar a la mujer a hablar de Grieve.

—Seguro que cobrará usted su dinero —contestó a la pregunta de Ames—, pero cuando esté de buen humor y tenga ganas de pagar.


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