Arizona
Arizona Una luz ambarina flotaba bajo los árboles, espesa y pesada, como una substancia tangible. Tanner estaba poseído de un gran alborozo. Se iba haciendo viejo, pero los efectos del Tonto parecían renovar en él la juventud. La soledad de las laderas y los valles, los rastros de la caza en el polvo del sendero, el murmullo del arroyo, la penetrante fragancia de pino y el abeto, la maleza, las hojas secas y las rocas cubiertas de musgo, eran pruebas materiales de que había vuelto a su hogar, al hogar que más amaba.
—Creo que no volveré a marcharme —murmuró al pasar por el estrecho desfiladero, subiendo y bajando por las rocas grises—. A menos, desde luego, que se fueran los Ames —añadió, con un segundo pensamiento—. Ha sido una buena idea enviar mi provisión de pieles de este invierno por diligencia.