Arizona
Arizona —Desde luego —replicó suavemente MacKinney—. Arizona se ha despedido; y luego, Slim y yo y todos los compañeros que asistieron a la función de ayer. Tú te la perdiste, Brick. Ahora estamos esperando un nuevo amo.
—Grieve ha vendido o algo asÃ, ¿eh? Ya me figuraba yo que habÃa misterio.
—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
—Has dado en el clavo, Brick —dijo Slim—. Grieve ha vendido.
—No es necesario que se me digan las cosas dos veces… Oye, Arizona, si haces las paces conmigo, mañana voy a la granja de Nielsen a derribar esa maldita cerca y a decirle a su mujer que he sido un animal, un grosero y un canalla.
Aquella noche Ames se acosté temprano. El dÃa habÃa sido espléndido y caluroso, y el viento fresco de las alturas no habÃa aún bajado a refrescar el aire pesado y a acallar el croar de las ranas.
La ventana estaba abierta. Poco se imaginaba Crow Grieve el uso a que se podÃan destinar las ventanas de las casitas cuando asombró al rancho con su instalación. El oÃdo de Ames, desarrollado en los bosques, percibió el ligero deslizarse sobre la hierba de una falda de mujer. Luego, unos pasos suaves. Se deslizaba del lecho cuando sonaron dos leves golpes en el marco de la ventana. Se arrodilló y murmuró: