Arizona
Arizona —Y yo también —contestó Rich Ames con una voz lenta y frÃa que contrastaba con su sonrisa afectuosa y cálida.
El segundo jinete se acercó y desmontó. Era tan alto como Ames, pero más corpulento, y, evidentemente, varios años mayor. Sus facciones eran ordinarias, especialmente su enorme nariz. Pero tenÃa una sonrisa simpática y ojos grises y claros. VestÃa las sencillas ropas de un ranchero, que parecÃan humildes junto al traje de caza de piel de gamo, de Ames.
—Sam, es el viejo Cappy Tanner, mi compañero de caza —dijo Rich—. Cappy, te presento a mi amigo, Sam Playford.
—¿Qué tal? —saludó Playford con franca sonrisa—. Lo que no me hayan contado ya de usted es que no merece la pena oÃrlo.
—Cualquier amigo de Rich lo es mÃo —replicó cordialmente Cappy—. ¿Es usted nuevo por aquÃ?
—SÃ. He llegado en el mes de abril.
—¿A establecerse?
—Trato de establecerme pero, entre estos dos mellizos, no me dejan hacer nada.
—¿Mellizos? ¿Cuáles?
Los jóvenes se echaron a reÃr a carcajadas, y Rich clavó un dedo en el costado de su amigo.
—Seguramente no se refiere a Mescal y a Manzanita, Cappy —dijo.