Arizona
Arizona En sus diez largos años de vagar de rancho en rancho, no había visto Ames nada igual a aquel sublime y desolado Utah, y se alegraba de que las circunstancias le hubieran conducido a él. ¡Qué contraste tan extraño y tremendo con su amada Cuenca del Tonto! Veía en su mente las lomas cubiertas de pinos, los tumultuosos y ambarinos arroyos brillando al sol entre sicómoros, las flotantes y doradas hojas de los arces, el fruto rojo de los enebros, las rugosas laderas elevándose hasta las cimas negras y doradas sobre el cielo azul. Veía el profundo Remanso de la Roca, aquel agujero negro de donde rescatara a Nesta. ¡Cuánto tiempo hacía, y, sin embargo, con qué viveza recordaba! ¡Querida Nesta, con sus cabellos como rayos de sol y sus ojos como dos azules estrellas! Cuánto hubiera dado por verla otra vez. Aquél era el tercer intento en tres años, pero aún vivían hombres que le esperaban y vigilaban su regreso. Con qué salvaje gozo les hubiera procurado esa satisfacción, pero con semejante acto no hubiera contribuido a la felicidad: de Nesta. Era feliz, así lo decía en su última carta —más de dos años habían pasado desde que la recibiera—, y Sam prosperaba y los mellizos se criaban bien. Rich era grande y fuerte; se parecía a su tío, amaba la selva y los sombreados arroyos.