Arizona

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Ames obedeció; con pocos pasos dio vuelta al obstáculo de piedra y se encontró frente a una brillante hoguera. Las oscuras formas de tres hombres esperaban de pie, expectantes. Sillas y fardos estaban esparcidos bajo un reborde de la roca, cuyo ennegrecimiento atestiguaba que allí se habían instalado muchos campamentos. Al acercarse percibió Ames camas de campaña desenrolladas, de lo cual dedujo que aquél era un campamento de cierta permanencia.

—Mira a este individuo, Heady —dijo el captor de Ames.

Ames se detuvo a un significativo contacto en los riñones. Estaba iluminado por la luz de la fogata. Un hombre alto, delgado y andrajoso se adelantó, quedándose a un lado para no quitarse la luz Ames vio una cara cadavérica y unos ojos grises y penetrantes.

—No le he visto en mi vida, Steele —declaró el llamado Heady—. No es un mormón.

El aprehensor de Ames se adelantó y mostró a éste una cara morena y astuta, con ojos como dos cuentas brillantes, y la boca de labios apretados y dura mandíbula del hombre que guarda sus secretos.

—Bueno, ya sabemos algo —dijo despacio y bajando el arma—. Amos, ¿qué pensáis tú y Noggin de él?


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